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Shujaa Graham, ex-condemnat a mort visita el col·legi

sgrahamLa setmana passada, la Comunitat de Sant’Egidio va portar al col·legi Shujaa Graham, ex-condemnat a mort i activista contra la pena capital. Va explicar la seva història sobre com havia estat condemnat injustament als alumnes de 4t d’ESO i Batxillerat i també a alumnes d’altres col·legis que havien estat convidat per a l’ocasió. La Comunitat de Sant’Egidio destaca pel seu activisme contra els diferents rostres de la violència i la injustícia.

Aquí podeu llegir aquesta entrevista que li va fer Imma Sanchís a “La Vanguardia”:
“Yo estoy vivo gracias a dos chiquillos”

El sistema legal de Estados Unidos me envió a la silla eléctrica. Era inocente. En el juicio se me acercaron dos jóvenes: “Te vamos a sacar de aquí”, me dijeron, y no me los tomé en serio, pero yo estoy vivo gracias a esos dos chiquillos.

¿Estudiantes de Derecho?
No, dos estudiantes blancos de secundaria que oyeron lo que estaba pasando con mi caso y decidieron no ir a la escuela ese día y venir al juicio. Se acercaban a mi abogado y le decían: “Queremos verle, escribirle cartas”, y mi abogado se los quitaba de encima.

Perseveraron.
Fueron a escuelas a contar mi caso, vendieron galletas y café por las calles para recaudar fondos y organizar un comité de defensa. Y cuando me llevaron al corredor de la muerte, fueron las primeras personas que vinieron a visitarme.

¿Cómo consiguieron que le condonaran la pena de muerte?
En ninguno de los cuatro juicios por los que pasé había un solo miembro del jurado que fuera negro, y nunca pudieron demostrar que yo asesinara a aquel celador.

¿Por qué estaba en la cárcel?
Formaba parte de bandas juveniles y desde los 15 años salía y entraba de la cárcel de menores. A los 18 se me acusó de haber robado 35 dólares y me aplicaron una condena indefinida e indeterminada.

Vamos más atrás, ¿por qué delinquía?
Crecí en una plantación segregacionista del sur donde trabajaban mis abuelos y mi madre. Desde niño viví sometido a la injusticia y al racismo. No podía entender por qué no éramos tratados todos por igual.
A mis seis años, mi madre se fue a California, a 4.000 km, en busca de una vida mejor, y no pude entenderlo. Fue duro, pero mi abuela, Ofelia Graham, mujer extraordinaria, me dio la fuerza para alzar mi voz, aunque entonces yo siempre estaba asustado, pensaba que la iban a matar.

¿Ofelia decía lo que pensaba?
Sí, no temía a los blancos. Cuando pude reunirme con mi madre en Los Ángeles, era un adolescente enfadado y me uní a jóvenes que desafiaban al poder. Por primera vez salimos a las calles contra el homicidio justificable.

Pura frustración.
Sí, por tanta brutalidad contra los negros, cansados de que la propia policía nos asesinara, como está ocurriendo ahora. No sabíamos canalizar la energía de un modo más positivo, así que tomamos las calles, quemamos edificios, rompimos escaparates, robamos. Tenía 15 años.

¿Analfabeto?
Sí. Recuerdo que un celador me dijo que abriera mi mente, que estudiara, y de manera autodidacta, con un diccionario, aprendí a leer y escribir. Leí a Martin Luther King y la filosofía de la no violencia. Decidí luchar por la dignidad de los presos y lideré el movimiento de resistencia dentro del sistema penitenciario de California.

¿Cómo era la vida en la cárcel?
Brutal e inhumana. En 1973, cuando ya llevaba tres años en prisión, los presos nos amotinamos y un funcionario fue asesinado.

Y le inculparon a usted.
Yo quería que blancos, mulatos y negros nos uniéramos para luchar contra el statu quo, pero compraron a presos para que declararan contra mí a cambio de años de libertad. Con los años rectificaron sus declaraciones arguyendo que habían sido obligados.

¿Ningún fiscal ha sido castigado por llevar inocentes a la muerte?
Nunca. Pasé nueve años incomunicado en una celda diminuta. Hace 26 años que he salido y soy incapaz de describir el nivel de sufrimiento. Muy a menudo pensé en el suicidio. Cuando me iba a dormir rogaba: “Ojalá no me despierte mañana”. Los días son eternos y dolorosos.

¿Qué le mantenía cuerdo?
Mi madre sólo podía venir a verme una vez al año, somos pobres y vivían lejos. Así que los que me mantuvieron con vida fueron aquellos dos chiquillos que venían cada 15 días, y Phyllis, mi mujer, enfermera en la cárcel. Dejó la prisión ante la insistencia de los celadores de que su vida peligraba junto a mí y se unió a mi defensa.

¿Siguió creyendo en Dios?
Creo en las personas, fue el poder y la determinación de las personas lo que me liberó. Rezar es un mal sustituto de la acción.

¿Qué sentido tenía seguir estudiando si lo iban a matar?
A veces caía en ese absurdo y lanzaba al aire todos los libros. Desde entonces yo no tengo sueños, sólo tengo pesadillas: estoy en una esquina, no puedo moverme y me despierto sudando noche tras noche. Todavía cada mañana al despertar me pregunto por qué sigo respirando.

¿Y encuentra algún sentido?
Ya que sigo vivo, me repito, voy a luchar porque nadie pase por lo que yo pasé, y por la justicia social, por ayudar a los que viven en las calles.

Trabaja con bandas juveniles.
No acabéis como yo, les digo, si os organizáis como criminales también os podéis organizar políticamente para luchar por vuestros derechos. Dejad la violencia y estudiad para un futuro mejor y sin violencia.

¿Le indemnizaron?
Cuando te liberan, te dan 200 dólares. A mí no me dieron ni eso. Pero fui afortunado porque yo todavía tenía a mi familia (no habían muerto), alguien que me decía: “Tú eres una persona”.

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